.....Al haber nacido varón, a Juan le hubiera correspondido recibir una pelota, pero por ser hijo de un jugador de fútbol frustrado, recibió un muñeco de tela… Un hermoso conejo de peluche. Estaba confeccionado con felpa color celeste - un terciopelo suave que con el tiempo demostró ser muy duradero. Eran unos dulces cincuenta centímetros rellenos de una liviana y esponjosa guata. De su pequeña cabecita colgaban dos largas y graciosas orejas que marcaban aún más los dos pequeños botoncitos negros que hacían más tiernos los ojitos; otorgándole al conejo, una dulce y tierna expresión, capaz de ablandar al más duro corazón.
.....Acompañó a Juan desde sus primeras horas de siesta, primeros pasos, juegos y en las horas en que la madre se alejaba para dejarlo en la guardería. Además, el conejo, fue el inamovible compañero de banco en primer grado. Cada vez que intentaban alejarlo del muñeco, ya fueran sus maestras, los compañeros, la madre o la psicopedagoga, sólo provocaban llantos, gritos y berrinches que se calmaban únicamente con la reaparición de Cito. Luego vendrían unos cuantos minutos de abrazos y cientos de promesas de que “jamás” los volverían a separar. Quien finalmente habría bautizando al conejo fue la madre de Juan, quien decía que “Cito” estaba siempre en los brazos de su hijo, unido a Juan y como solía decir, entre gestos de preocupación que querían disimularse con risas: “Juan y Cito son uno solo, por eso en vez de llamar a uno los llamo a los dos diciendo ‘JuanCito’, porque si lo llamo sólo a mi hijo, éste me dice que si no lo llamo, también, a Cito, no me hacen caso”.
.....Cuando Juan debía utilizar las dos manos, ataba las orejas del muñeco entre su cuello, y así andaba Juan, de acá para allá, con el muñeco colgado sobre sus hombros. Ésa fue la forma más cómoda de llevarlo a medida que con los años debía llevar más cosas al colegio.
.....Fue pasando el tiempo y un día, sin querer, Cito quedó olvidado en un rincón de la casa, fueron sólo unos minutos, ya que a los pocos minutos Juan se dio cuenta de su soledad. Pero fue el tiempo necesario para que la madre pudiera decidir cómo alejarlo de su Juan. No lo tiró ni lo regaló, como pensaba hacerlo… sólo lo escondió en un baúl del altillo (“Es que el conejo tenía ojitos tiernos” diría en algún tiempo). Juan, que en ese entonces, ya tenía diez años, quedó muy traumado por la desaparición de su compañero. Creía que por su descuido Cito se había sentido abandonado y se habría escapado. Muchas noches de llantos y tardes de silenciosos moqueos siguieron a ése instante funesto. La madre lo miraba desde la cocina, siempre a punto de correr al altillo, pero había decidido erradicarlo de la vida de Juan y sólo trató de convencerlo de que quizás, no lo había dejado en su habitación, sino más bien, junto a la ventana y quizás, alguien lo habría tomado alejándolo del hogar e impidiéndole regresar. Con el tiempo, Juan se sintió menos culpable y de a poco fue haciendo nuevos amigos; pero jamás en sus ojos, su sonrisa y en todo él, volvió a irradiar la alegría como en los tiempos junto a Cito.
.....Al terminar el colegio secundario comenzó a trabajar en una compañía de seguros y estudiar Administración Hotelera. Cuando pudo reunir el suficiente dinero, decidió que ya era hora de independizarse. La madre, frente a un hijo convertido en todo un hombre, no pudo más que asentir y ofrecerse para ayudarlo en todo lo que podía llegar a necesitar. Fue entonces, cuando buscando viejas fotos y recuerdos para llevar a su nuevo hogar, abrió el baúl que había mantenido cautivo a su gran amigo…
.....Enormes lágrimas caían de sus ojos. Lágrimas de alegría por el reencuentro y al mismo tiempo de bronca. En un instante pudo revivir el recuerdo de tantas noches de angustiosa desesperación pensando en el destino su compañero… La furia le ganó a la alegría. Al abrirse el baúl no pensó jamás en descubrir que aquella que en vano trataba de consolarlo, inventando robos y prisiones a su Cito, siempre había conocido el cruel destino de su amigo… Su madre es quien lo había robado y lo había destinado al encierro… -¡Cito!- Gritó -¡Cito!... - y no podían salir ya otras palabras de su boca… Lo abrazaba y lo estrujaba como antaño… “Cito… ¡Perdoname!…” lloraba y balbuceaba con el conejo en su pecho... “Perdoname…” quebrándose su voz en cada palabra… “perdonam…” y las lágrimas mojaban toda la cara de Cito. Parecía que el conejo también lloraba en el reencuentro.
.....Cuando Juan se recompuso de tan enorme emoción, lo abrazó más fuerte, diciéndole que no le volvería a fallar, que “jamás, jamás los separarían”. Ató las orejas de Cito alrededor de su cuello, cargó todas sus cosas en una gran caja y bajó corriendo las titubeantes escaleritas del altillo. Aún tenía los ojos y la cara al rojo vivo cuando se cruzó en el pasillo con la madre, a la que sólo le dijo, entreabriendo la boca, pero casi sin separar los dientes y con la mirada iracunda:
- ¡Nunca más voy a creerte nada!
.....Ella lo miró perpleja, sin entender nada, él la corrió con la caja dirigiéndose rápidamente hacia la puerta de salida… Sólo cuando lo vió alejarse, ella entendió la ira de su hijo…
“¡JuanCito!”- gritó ella, intentando que su hijo volviera… que su hijo entendiera…
-¡No nos llames nunca más! – Se sintió desde lejos, antes de un portazo y una acelerada.
..... Desde ése momento Juan y Cito se propusieron reconstruir todos los años robados. Durante la mañana, Juan le leía las noticias de los diarios mientras comían medialunas y lo ponía al tanto de su vida. Para que el muñeco se sentara más cómodo, le compró una de esas sillas altas que se utilizan para los bebés, así, podía llegar cómodamente al borde de la mesa. Después del desayuno, había que ir a la facultad, así que Cito comenzó a ocupar una silla en los amuchados salones de la alta casa de estudios. Al principio, sus compañeros los miraban sonriéndose, como si fuera un chiste pasajero, alguna propaganda política… Al ver que la asistencia del muñeco era tan perfecta como la de Juan, comenzaron a alejarse de él. Hasta que ambos fueron siendo rodeados por un ronda de bancos vacíos –que hubieran sido más, si el espacio del aula lo hubiera permitido. Los profesores, que anteriormente hacían partícipe a Juan de los debates que surgían en clase, sólo terminaban ignorándolo cada vez que éste levantaba la mano para decir algo y refunfuñaban cosas inentendibles cuando, Juan levantaba una de las orejas de Cito, como si el muñeco quisiera preguntar algo. De hecho, Juan casi se va a los puños con un profesor que lo quiso echar de la clase mandándolo al psiquiatra. Esto comenzó a repetirse en todas las clases a las que asistían… Era el murmullo a gritos en la facultad, no había quién no opinara de ellos. A medida que avanzaban por los pasillos, era cada vez más notorio cómo se daban vuelta para mirarlo o comenzaban a señalarlo susurrando entre los grupitos que se iban alejando mientras dibujaban círculos con sus dedos índices sobre sus sienes. Las cosas llegaron al resultado que, para todo el resto de los estudiantes, era previsible, ni siquiera el Centro de Estudiantes quiso inmiscuirse… Reunidas todas las autoridades de la Universidad, delegados y representantes, incluyendo al Decano, se resolvió, sin contemplaciones y por unanimidad, la expulsión del “alumno del conejo”
.....En el trabajo pasó algo parecido… El primer día que Juan llegó con el muñeco, lo felicitaron todas sus compañeras tratando de hacerlo sonrojar para que reconociera que era un regalo de alguna novia… Ante la insistente negación de esto y la detallada explicación de su origen, su desaparición y el reencuentro, muchas cambiaron sus amplias sonrisas por caras pálidas… y los murmullos de sus compañeras hicieron que en poco tiempo todo el edificio supiera “la historia”… Todos los que la escuchaban terminaban con la misma expresión… con los ojos bien abiertos y el gesto que se hace cuando se está oliendo algo feo. Pero como los primeros días, Cito ocupaba un rincón del escritorio, nadie le dio “demasiada” importancia. Cuando Juan comenzó a exigir un nuevo escritorio para su “compañero de oficina” su jefe empezó a preocuparse… Lo que mantenía a Juan en su puesto es que su jefe lo consideraba uno de los mejores empleados y por ello no quería, aún, tomar ninguna medida extrema. Primero le decía que ya lo conseguiría, como si fuera un político en campaña. Al cabo de unos días de insistencia casi insoportable, el jefe cedió en una pequeña mesita, de esas que se usan para decorar vidrieras. Pero llegó a exasperarlo cuando Juan reclamó una tarjeta de fichada para el conejo, un uniforme hecho a medida y comenzó a exigir una afiliación a la obra social, aportes jubilatorios y por supuesto, que Cito tuviera su sueldo propio. Ante el terminante “No”, se armó un gran revuelo en el Departamento de Personal, ya que Juan, que en ese momento tenía a Cito sobre sus hombros, comenzó a revolear carpetas, lapiceros, sillas y formularios acusando a la empresa de explotadora, poco seria y abusadora. El final del día es previsible, Juan estaba sin empleo, pero “bien acompañado”…
.....Sin trabajo y sin querer recibir ayuda de quien lo había procreado (le había sacado el título de “madre”) al poco tiempo tuvo que abandonar el departamento que había alquilado…
.....El destino final de Juan es incierto, algunos dicen que luego de un tiempo él mismo abandonó a Cito, para reinsertarse en la sociedad y continuar sus estudios, pero ya con otro nombre, para que nunca lo relacionen con “ése del conejo”… Pero otros afirman, más seguros, que Juan se mudó al campo y allí sigue viviendo; pero no en una casa, sino en un pequeño agujero, una madriguera que él mismo ha cavado al costado de la ruta 2 entre los kilómetros 243 y 256 mientras Cito parecía sonreírle bajo el sol de la tarde. Sostienen que no es muy fácil encontrarlo, pero que al pasar en coche puede llegar a verse un pequeño sembradío de zanahorias.






