domingo, 8 de marzo de 2009

El Chelo



.....El chelo susurraba gris... enmarcando aquella tarde invernal donde la humedad empapaba los vidrios que transparentaban una calle casi vacía. Las hojas, adueñadas de los umbrales y escalones, dejaban ver algunos nidos abandonados sobre las raquíticas ramas que pendían desde descascarados troncos. Era una tarde de huellas mojadas sobre el asfalto y lejanos retumbos de civilización. El ambiente se teñía en un tono empapado de nostalgia y de una inmensa sensación de vacío... de fría soledad... de triste ausencia.

.....Hizo un silencio para darle un lugar al eco de un suspiro que resbalaba por el pecho. Suspiro que le abría camino al brillo que derramaban sus ojos manchados de rimel y delineador negro. El frío tiritaba en sus labios guardandose el sonido de su nombre. El mutismo presente en la habitación dejaba repiquetear una cadencia de inhalaciones y exhalaciones entrecortadas que disonaban con el golpeteo del metrónomo.

.....¡Faltaba tan poco para aquella noche para la que tanto se habían preparado juntos!... Ya todo encajaba perfectamente... Iba a ser una noche mágica, compartida. La música, los premios, la noche blanca rodeada de brillos y esplendores... Pero ahora, ella sólo sería un instrumento para que la música acompañe risas ajenas durante la cena. Debería ser testigo, cuando hasta días antes ambos hubieran sido partícipes del momento de las felicitaciones, el brindis y los festejos… ¿Qué tenía, ahora, que festejar? Muchas veces, o mejor dicho siempre, habían sido ellos quienes habían sido acompañados por el chelo, mientras sus dedos acariciaban magníficamente cada oído y besaban cada oreja... Pero ahora ella sólo sería un medio para permitirle al chelo acompañar todo ese jolgorio tan ausente en su alma. Su mirada estaría perdida... lejana... reteniendo el recuerdo del color de las hojas secas amontonadas en las umbrales... o preguntándose qué gusto tendría la ensalada de naranja y cebolla que alguna vez descubrió al llegar al ensayo en el horario del almuerzo.

....¿Por qué no poder directamente no ir?... “Compromisos, profesionalismo...” A ser eso la habían sentenciado... Debía ser “profesional” ¿Qué significaba eso? ¿Sonreír hipócrita, mientras sentía como todo su interior se desgarraba y desangraba? ¿Iluminarse bajo capas de maquillaje cuando cada palabra que percibiría sería como si una lanza atravesara su cuerpo?... ¿Por qué?... ¿Acaso era ella una mártir que debía festejar mientras oía como se astillaban sus huesos en cada lanzazo? ¿Alegrarse por los músculos zanjeados que diseccionaban su alma?... Hacía meses esperaban esta noche, pero ella ya no quería que llegara. Quería detener las agujas, volverlas atrás… destruirlas. Destruir cada segundo embebido de monitores y máquinas  automáticas... Sabía que sería demasiado doloroso ser en esa noche que había dejado de esperar... No podría soportarlo, aunque sabía que él estaría orgulloso... y de sólo pensar en su sonrisa apenas perceptible, sus ojos volvían a convertirse en un río desbordado que arrasaba toda esperanza.

.... Suspiraba frente a la ventana que sólo la transportaba a otros tiempos… No podía seguir ensayando, le dolía cada nota. Cada sonido parecía estar acompañado por el eco de su voz aconsejándola y sorprendiéndola-“Vez que con este gran instrumento podés hacer maravillas con todo eso a lo que vos llamás ‘música’?... Algo debe tener... ¿o no?” Mientras le guiñaba un ojo y le sonreía de costado... devolviéndole el Cd que ella había llevado una de las primeras veces que se vieron. 

....Dejó el arco al costado del sillón mientras con las puntas de los dedos acompañaba cada una de las cuerdas que flotaban sobre el largo mástil. El chelo descansaba sobre su falda, recibiendo su abrazo en silencio. Ella acariciaba cada cuerda entrecerrando los ojos, queriendo volver a sentir su perfume... el tacto de su piel y la vibración de su garganta.

....El viento hacía golpetear las ventanas quebrando el silencio. El metrónomo ya no repiqueteaba... Sus lágrimas habían empezado a dibujar sinuosos ríos sobre el instrumento casi al mismo tiempo que los copos blancos hacían desaparecer los sobretodos y los paraguas que mostraban un exiguo movimiento callejero. Todo había sido muy injusto, pensó. Él había sido quien le abriera las puertas a un nuevo mundo. Quien le diera las herramientas para que, sin que importe el resultado, pueda animarse a atravesar las paredes del mundo. Él le había regalado el don de oír y escuchar, de entender, de soñar, de comunicarse sin palabras. Sólo él había sido y hoy todo era silencio y dolorosas partituras. Ya no estaba y no podía recibir los aplausos de su obra ¿Qué podía hacer ella ahora? ¿Podría ella hacer alguna diferencia?

....Se había ido sin decir “adiós”, sin despedirse... sin “un hasta luego” o un “después nos vemos”… Julia dejó el chelo reposando sobre el estuche, y se quedó parada delante de la ventana. Un fuerte vendaval formaba pequeños remolinos llevando y trayendo pequeñas ramas, hojas y nieve. En su cabeza seguían resonando los consejos de la última clase, mientras el sastre intentaba mantenerlo quieto y poder terminar de ajustar el traje y desde el fondo de la escena, colgado de un biombo, se asomaba el vestido que ella usaría realizado en un delicado terciopelo azul marino. Él le hablaba sobre las diferentes posiciones en el escenario y movimientos de baile, sobre quienes estarían presentes y… Un suspiro la regresó a la fría ventana, llevando su vista al vestido que usaría en unas horas; pero hoy, no ya el de su recuerdo, sino uno mucho más sombrío y de seda negra.

....Mirando la nieve que se juntaba en el camino, recordó al médico diciéndole que habían hecho todo lo posible. La imagen de aquella tarde cuando por esa misma ventana empezaban a verse los primeros copos de nieve. El abrazo que intentó mantenerla en pie en el frío pasillo del hospital… Los arreglos florares y las coronas. Lo veía a él tratando de cerrar el pestillo antes que la habitación se llenara de hojas. “Detesto el invierno, hace mucho frío” le había dijo ella, “A mi tampoco me gusta el frío, pero me fascina ver el vaivén de las hojas... vuelan libres... flotan en el aire sin rumbo fijo como si bailaran al compás de un vals...” y el sonido de la tapa de mármol cerrándose y la grúa rebotando en los pasillos de la ciudad de la muerte.

.....Decidida abrió las hojas de la ventana, abrazada por el viento helado cerró los ojos empezando a oír el sonido del chelo. Su cuerpo se balanceaba al mismo ritmo que las hojas danzaban en el aire, envuelta en sus recuerdos se dejó flotar entre notas y nieve. Iba y venía recorriendo calles, otras ventanas y otros árboles, subía y bajaba, daba vueltas, flotando sonreía y reía en cada voltereta acariciando las cuerdas. Así, hasta quedar reposando amontonada en un umbral. En ése momento el chelo hizo silencio, abrió los ojos, pudo ver muchos rostros sonriendo y aplaudiendo emocionados. Pudo ver, entre lágrimas, a la presentadora acercándose con un ramo de flores mientras le decían había llegado a ser tan buena como su Maestro. Todos la felicitaban. Ella sabía que no era cierto, que aún debía aprender muchas cosas; pero suspiró sabiendo que ya no tendría más lecciones... 

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