No sabía si el tiempo pasaba demasiado deprisa o demasiado lento… A través del bambú podía ver un reloj que colgaba sobre cortinas de terciopelo rojo. En guardia y vigilante del péndulo, por momentos creía que las agujas giraban y giraban como una si fueran una brújula que intenta señalar un desvariado norte; y de pronto, la envolvía el sentimiento de estar mirando el espectro del tiempo que, atascado en su paso, posaba inadvertido ante un mundo que se ceñía velozmente a su alrededor.
La impaciencia empezaba a ganarle… su cuerpo percibía los pasos de los transeúntes… pero ninguno se detenía ante la cesta. Algún que otro curioso parecía advertirla, tal vez era que ella dejaba oír alguno de sus cercados movimientos o el sonido de su lengua chasqueando contra las paredes del cesto. De vez en cuando sentía como algunos se detenían y murmuraban ante la falsa
incógnita de lo que sería que provocaba esos silbidos. Pero claro… Nadie se animaba a desafiarla… Todos le guardaban distancia… ¡Es que sabían qué es lo que les esperaría si se animaban a ir más allá de sus malogrados murmureos!
Luego de un largo rato de espera, pudo reconocer sus pasos acercándose…
Lo sintió acomodarse… ella estaba esperando el instante justo para saltar a su cuello… desfigurar en una caricia esa sonrisa perfecta que se dibujaba en su rostro… Envolverlo hasta magullar cada centímetro del cuerpo que se escondía bajo las túnicas...
Él golpeteó el suelo con sus pies. Ella sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo y cada una de sus escamas se puso en estado de alerta… Por el entretejido de la esterilla pudo reconocer el colorido turbante, sin dudas era él. Lista para el ataque sintió su voz convertida en las vibraciones hipnóticas que la invitaban a entrar en trance…
Trató de resistirse…
Pero, otra vez, su cuerpo no le respondía…
Tranquilamente él quitó la tapa del canasto, no hubo ataque mortífero, no… Ella sólo se zigzagueaba ante la figura que imponía el ritmo… Lo miraba a los ojos mientras sentía cómo se contorneaba siguiendo las letárgicas melodías con las que él la derrotaba…
Rendida a sus pies, sintiéndose muy tonta… así estaba… Hipnotizada por esa mirada, encantada por esas cadencias que no eran otra cosa más que sus palabras, su voz transformada en los sonidos de la flauta.
Fin

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*Texto publicado en "Manos que Cuentan", Editorial Dunken, 2009
(Selección de Cuentos realizada por César Melis)







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