Primero sacó el plato del bufón alcohólico que tantas noches le había servido para matar sus horas de tedio y embolia; todo, porque luego de una de las habituales comilonas y pasadas ya varias horas de sobremesa, descorchó esa botella que esperaba eternamente por el “momento ideal” para llenar de gozo las copas del más fino vidrio de opalina bajo un cielo estrellado de jolgorios aduladores.
Pocas noches después, a la luz de una luna nueva, se eliminaron los cubiertos del jugador anónimo, con quien habían sabido compartir anécdotas de oportunidades y victorias, de póker de Ases y escaleras reales… pero cuando la suerte pareció dejar de guiñarle el ojo al apostador… Fue mejor tenerlo lejos… no sea cosa que contagie…
En la cabecera de la larga mesa que habitaba el salón estaba él, sentado, como en un trono… viendo y decidiendo qué lugares serían ocupados y cuáles serían los próximos en vaciarse… Así fue como noche tras noche, se sacaban platos y la mesa comenzaba a vaciarse de gente, pero llenando esos espacios con fuentes rebosantes de platos grasientos y colores muertos.
Tras varias noches y bajo los rayos una luna cuarto menguante él decidió no permitir que se sentaran a su mesa aquellos que no lucían como él creía verse (aparentemente su miopía y estrabismo aumentaban día a día…). Misma suerte corrieron los que pensaban diferente… hasta los que simplemente usaban sus neuronas y no caían en sus redes de palabreríos y necedades… o los que, de manera aún mucho más simple, se negaban al asentir cosas que contrariaban sus propios pensamientos… No todo el mundo está dispuesto a pronunciar lo que se quiere oír pagando el sobreprecio de llenar el estómago y vaciar la cabeza.
Quienes parecían tener su lugar asegurado bajo un cielo de cuarto creciente, o al menos un vaso para poder mantenerse cerca, eran aquellos que le ofrecían negocios tintineantes de promesas prósperas… pero tras varios traspiés, también fueron perdiendo sus lugares.
Una noche, él levantó la vista de su plato, se dio cuenta que ya no sonaba música alguna, que el sonido de las voces ausentes sólo dejaba oír el sonido de la carne que se despedazaba entre sus molares posteriores y crujían las pequeñas astillas de los huesillos que rebalsaban su boca. El sonido que rebotaba en las paredes era el de sus
dientes masticando saliva y carne; carne, saliva y lechuga; el pan que parecía elástico se sostenía entre sus incisivos mientras su mano izquierda forcejeaba y tironeaba para separarlo. Miró a su alrededor, el vino salpicaba el mantel que acumulaba manchas de grasa y migas. Sorbió ruidosamente un trago de vino. Su mirada se detuvo en el vidrio de la ventana… En él reposaba el reflejo de una hermosa luna llena y el del gran salón con la mesa que desbordaba de comida y que él anfitriaba para sí mismo.Estudió la imagen unos segundos… fue recordando con quienes había compartido excelentes veladas y cómo éstas se habían ido disolviendo como los hielos que nadaban en el balde para enfriar el vino blanco que nadie tomaba… Espantó algunas moscas que se acercaron a los platos más alejados. Gritó un nombre, y trató inútilmente de interrumpir el recorrido de la bola de grasienta carne ensalivada… Una figura apareció sigilosamente desde otro cuarto, cerró la ventana y la cortina haciéndole caso a su orden, y sin pronunciar palabra salió por la misma puerta que había entrado.
Y él volvió a su plato.
Fin
....
05-I-2010







2 Insomnes que dejaron sus palabras:
Muy bueno, las mejores metáforas son esas que usás, las que siempre se entienden y las que se forman con las mismas palabras cotidianas que uno usa para hablar. Sos muy modesta, sabés escribir y tenés mucho para decir. Un beso: Rubén
Muy amable por visitar mi blog y me alegro mucho que te haya gustado.
Yo a la brevedad te estaré leyendo, un saludo grande.
matibrey.blogspot.com
Publicar un comentario en la entrada